lunes, 16 de mayo de 2016

Psicoanálisis

Nos conocimos un viernes, por la tarde, ya casi de noche, justo cuando llegaba al hotel con mis peores pintas, con mi peor cara. Qué cara iba a tener si había empalmado el cansancio del día anterior con una dura jornada de trabajo y unas cinco horas de viaje.

Y nada más llegar, no habíamos atravesado la puerta del hotel que sería nuestra casa durante los próximos dos días, ahí estabas. Con un botellín en la mano y ese acento andaluz que te delata.

Esa misma noche después de varias cervezas, algún que otro cubata, de visitar esos sitios que fingías conocer tan bien y que era la primera vez en los que estabas, te tenía calado. Eres de los que embaucan, de los que la vergüenza no conoce, de los que van de duritos y si rascas un poco descubres  sus debilidades. Descubrí la tuya en cuanto hablaste de tu familia.

Si supieras que yo callaba porque estaba analizándote, descubrí tus manías, tus muletillas al hablar en todo ese tiempo que estuve callada. Descubrí que en el fondo no quieres estar solo, que te asusta mucho, aunque no dejaras de repetir una y cien veces, como un mantra, que no te veías en el futuro con nadie, que no querías complicaciones.

Puse excusas a algunos de tus comportamientos, pero aunque no lo quieras admitir y te cierres en banda, llegará el día en el que conozcas a alguien al que realmente quieras y te olvidarás de tu mantra. No te importará dejar de salir de fiesta, los kilómetros que os separen y las complicaciones que os pondrá tu trabajo, que son muchas.

Llegará un día que descubras que tienes que empezar a quererte, a valorarte y entonces aparecerá esa persona que te hará olvidar todo en lo que creías y mejorará la mejor versión de ti mismo.

Nos despedimos a la noche siguiente, de una manera un tanto rara. Íbamos al hotel a terminar una noche de esas que llaman legendaria y te llamaron. Solo hizo falta una llamada para que salieras corriendo. Hasta el final huiste, no querías enfrentarte a la despedida.

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